JOAQUIN COSTA Y CHAPINERIA
Esto escribia Joaquín Costa y explica bastantes cosas. Entre otras de donde vienen algunos patrimonios que se ven ahora.
En el Diccionario geográfico de Madoz regístrase el término de Chapinería comocubierto totalmente de encinares; hoy ha desaparecido todo, menos la saña de sus
vecinos contra los árboles. No hace muchos años, el labrador vivía desahogadamente
con muy poco trabajo, y hoy, con un trabajo constante, apenas puede satisfacer sus más
perentorias necesidades. Brotaban frondosas las encinas por aquel suelo abrupto y
peñascoso, incapaz para todo otro linaje de cultivo; los beneficios de la montanera y cría
de ganado de cerda, eran más que suficientes para cubrir con creces la cifra de gastos al
fin de año, agregándose como suplementos de consideración el carboneo, y la arriería. Y
a la vez que las encinas suministraban rico y abundante pasto para el ganado, atajaban el
curso de las nubes y determinaban la caída de lluvias normales, de tal suerte, que nunca
o rara vez se perdían las cosechas por falta de humedad, ni se desnudaban los relieves
del suelo por la violencia de los aluviones. «Era una pequeña Arcadia» -me decía con
dolor no ha mucho tiempo una persona ilustrada de aquella localidad, comparando la
desolación de ahora con el floreciente estado de entonces. El pueblo vivía feliz, no
contaba un solo proletario; hoy puede decirse que lo son todos. El demonio de la
ambición ha esterilizado la bella obra de la Naturaleza; la fábula de los huevos de oro ha
alcanzado aquí perfecta realidad. En 1865 fueron vendidos y talados los montes de este
pueblo; el último propietario que conservó íntegra su parcela de bosque, hubo de
desmontarla precipitadamente, porque vino a convertirse en blanco del hacha de todos
sus vecinos. Los primeros años se cosechó trigo y patatas; ahora se coge centeno y
retama: bien pronto no se cogerá nada, y la población tendrá que dejar el antiguo hogar
y pedir a extrañas gentes una nueva patria; hoy ya, esta villa, que no cuenta más de 240
familias, sirve a Madrid con un contingente de 60 a 70 criadas, y el censo se ha
declarado en asombrosa baja, a juzgar por los últimos datos estadísticos, comparados
con los de 1860.
En cambio sostiene seis tabernas, donde se pierden las fortunas y las almas, y en un
sólo día he visto anunciados a la puerta del juzgado noventa y dos embargos fiscales de
otros tantos patrimonios que no podían satisfacer su cuota de territorial. Las calenturas
intermitentes, desconocidas antes en este pueblo, se presentan ahora con una regularidad
pasmosa, apenas llega la primavera: el cólera, que en 1834 y 1855 respetó a su
vecindario, ensañóse con él en 1865, cuando caían los últimos rodales a los golpes del
hacha desamortizadora. He aquí el azote, providencial: la miseria y las epidemias desde
el primer momento, la disolución de la familia más tarde, y la amenaza de una total
emigración para el porvenir. Faltándoles el monte, les ha faltado todo: abonos, leña,
capital; la triste cosecha de centeno, perdida por la sequía; la delgada costra vegetal, que
las raíces de los árboles sujetaban y enriquecían sobre la roca de granito, y que ahora
desmenuza el arado y arrastran al río los turbios aguaceros, y hasta pureza de
costumbres y sencillez en el trato les ha faltado.

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