EL INICIO DE UNA HISTORIA: EL PUEBLO DE CHAPINERÍA
Beatriz Mocó Rebollo
Chapinería es actualmente un pueblo madrileño del suroeste de la Comunidad. Se encuentra a 52 kms. de la capital, llegándose a él por la carretera M-501, conocida popularmente como “carretera de los pantanos”. La localidad limita por el norte y el este con Colmenar del Arroyo, por el sur con Villamantilla y Aldea del Fresno y al oeste con Navas del Rey[1]. La altura máxima del término municipal es de 736 m y su extensión de 25,39 km2. En el Padrón Municipal del año 2003 se contabilizaron 1620 habitantes, con un reparto de sexos muy similar: 820 varones y 800 mujeres; su crecimiento demográfico ha sido de 181 personas en los dos últimos años. El origen de Chapinería no es muy claro, ni siquiera el de su denominación. Saínz de Robles[2] lo sitúa en pleno siglo XV bajo los auspicios de los Reyes Católicos, mientras que otros autores lo adelantan a tiempos de los reyes castellanos Alfonso VI o Alfonso VIII, uniéndolo a los privilegios de repoblación que se concedieron a algunas familias segovianas y que, como veremos, se adecuan a las transformaciones de pertenencia y localización provincial que el pueblo ha sufrido a lo largo de la historia. Popular y tradicionalmente se cree que el nombre de la localidad proviene de un taller de zapatero, que se hace homónimo de chapinería, a pesar de que tanto el Diccionario de la Real Academia de la Lengua como el etimológico de Corominas no extienden la acepción al general de taller de zapatería. De hecho, el primero refiere como primera acepción “oficio de chapinero”, y como siguientes “sitio donde se hacían chapines” y “sitio o tienda donde se vendían”, definiéndose como chapinero “el que por oficio hacía o vendía chapines”. Es conveniente recordar al respecto que los chapines eran unos chanclos femeninos, con suela de corcho, que podían, y generalmente así lo hacían, superar los cuatro dedos y que servían, en principio, para que las mujeres aumentaran su estatura. Solían ir forrados de cordobán (piel curtida de cabra o macho cabrío), en ocasiones de seda e incluso, en casos, con adornos más sofisticados en los que la plata era el elemento principal. Indudablemente, además de ser signo de haber dejado atrás la infancia, era calzado de clases altas, incómodo por su altura y movimiento (precisamente la onomatopeya chap, propia del chancleteo, dio origen a su nombre) y, sobre todo, porque su uso y abuso originó que los moralistas de la época barroca lo vieran como objeto pecaminoso y los literatos como un buen elemento para criticar la moda y afeites femeninos: “Altas mujeres verás –escribe Quevedo- pero son como colmenas:/ la mitad huecas y corcho/ y la mitad miel y ceras” [3]. De un modo u otro, un especialista en ese tipo de calzado debía haber sido muy bueno en su oficio dado que, evidentemente y según el modo y medios de subsistencia chapineros, no viviría de las compras de sus vecinos sino de sus envíos a la Corte. Sin embargo, y es dato curioso, esta tradición oral ha sido recogida, en su forma más extendida, en el escudo de Chapinería (aprobado el 1 de diciembre de 1988) en el que sin problema alguno se describe: “en campo de gules borceguí de oro”, añadiéndose en el significado: “el primer mueble responde a la voluntad del Ayuntamiento de recoger la tradición, según la cual, el nombre del lugar responde a la existencia, en sus orígenes, de uno o varios fabricantes de chapines, es decir, zapateros”. Parece evidente, como antes decíamos, que se ha asimilado chapinería a zapatería, no habiendo así razón que impida la sustitución de un chapín por un borceguí, voz aparecida hacia 1460 y que incluso podría haber sido, como zapato, más utilizado en esas tierras. Por otra parte, Chapinería fue un lugar de origen pastoril, con vegetación y topografía suficiente para alimentar y establecer rebaños de ovejas merinas y repoblar con habitantes de otras zonas segovianas estas tierras de pocas humedades y relativamente llanas. Poco a poco, la zona se habitó de un modo cada vez más estable hasta que en el siglo XVI, como aldea de Colmenar, se empiezan a encontrar fuentes escritas que hablan ya del lugar. Parece, sin embargo, que hay que esperar al XVII para que en la cubierta del denominado “Libro del Villazgo”[4] se reseña: “Grafiado del privilegio y venta que su Majestad el Rey Don Felipe IV hace a la Villa de Chapinería: Año 1630”, lo que hace pensar que si la Cédula Real tiene fecha de 1 de octubre de ese mismo año bien podría considerarse la misma como el momento en que Chapinería adquirió la categoría de pueblo autónomo. No es extraño, pues, que sea precisamente en ese año de 1630 cuando comienza a edificarse la iglesia parroquial, que aún se conserva, y de la que, si hay ocasión, hablaremos en otro momento.[5] Es, sin embargo, interesante hacer constar que Chapinería perteneció hasta la fecha de su extinción a la llamada Comunidad de Villa y Tierra de Segovia, institución que comprendía lo que hoy serían varias autonomías y que, a su vez, se dividía en sexmos. Antes de seguir, es necesario tener presente que actualmente, cuando pensamos en nuestros pueblos, no caemos en la cuenta de que, a través de la historia, han podido formar parte de otros lugares a los que hoy no nos vinculamos. Es decir, configuramos nuestra identidad local con referentes rígidos, inamovibles, ahistóricos, que, en ocasiones, no se ajustan a la realidad de los procesos de la Historia. Los límites provinciales, y para el caso los locales o los nacionales, son construcciones culturales, artificialidades, pues, que cambian o pueden cambiar con el tiempo y los singulares contextos históricos, políticos y sociales. Una comunidad tiene, entre otros, unos límites geográficos, físicos, espaciales, susceptibles de transformación; unas variaciones relacionadas, al igual que su misma construcción, con diferentes variables a las que acompañan, siempre, específicos valores culturales y representaciones simbólicas. Así, pues, la Comunidad de la Villa y Tierra de Segovia se extendía por lo que hoy son los límites de ésta última y también por parte de Avila, Toledo y Madrid. Como hemos dicho, además, este territorio se dividía en varios sexmos, entendiendo por tales las divisiones territoriales en las que quedaban comprendidos varios pueblos que se asociaban para administrar bienes comunes. La Tierra segoviana contaba con los sexmos de San Martín, San Millán, Santa Olalla, San LLorente (en algunos textos aparece como San Lorenzo), la Trinidad, las Cabezas y las Posaderas, todos ellos al norte de la Sierra de Guadarrama. Quedando Valdelozoya (en algunos textos Lozoya y en otros Manzanares), Valdemoro y Casarrubios en la llamada Transierra. Para 1894[6] se citan, sin embargo, Posaderas, Santa Eulalia, San Martín, Cabezas, San Millán, Valle de Lozoya, San Lorenzo, La Trinidad, Casarrubios y el Espinar; habiendo desaparecido ya Santa Eulalia, San Lorenzo, San Millán, La Trinidad, y San Martín. Por otra parte, hay que considerar que estas divisiones no fueron gratuitas puesto que las densidades poblacionales, el habitat, variables de índole económica e incluso otras de carácter religioso y eclesial (las pertenencias a las diócesis de Segovia o de Toledo, por ejemplo) constituyeron, desde su inicio, factores de diversidad y separación hasta tal punto que, en ocasiones, la identidad se marca con su autoinclusión diferenciada en el Reino de Castilla o de Toledo.[7] En realidad fue durante el reinado de Alfonso VIII cuando los límites provinciales de Segovia sufrieron las mayores modificaciones. El 25 de marzo de 1190 el Rey otorgó al Concejo segoviano diecinueve aldeas, entre Tajuña y el Henares, que les retiraría veinticuatro años más tarde, el 21 de julio de 1208. Sin embargo, siete días después, trazó una línea divisoria entre Segovia y Madrid desde Sacedón de Canales (entre Sevilla la Nueva y Villaviciosa de Odón) hasta Viñuelas, al Noroeste de Alcobendas. El 12 de diciembre del mismo año el Rey confirmó esos límites pero hizo una nueva donación, esta vez de la villa de Bayona (lo que hoy conocemos como Titulcia), señalando, a su vez, los límites con Toledo, asignándole ahora toda la tierra desierta en la que pudiesen pacer sus ganados. Además, y aun sin entrar en detalles, hay que tener en cuenta que era norma habitual que los regentes de los distintos reinos pagasen favores mediante la concesión de tierras y pueblos a la nobleza, por lo que no era raro que pueblos enteros, o parte de ellos, e incluso sexmos se uniesen y separasen para tales débitos. El caso de Batres o el de los sexmos de Valdemoro y Casarrubios durante el reinado de los Reyes Católicos pueden servirnos de ejemplos. Chapinería formó parte de éste último, Casarrubios, junto a Peralejo, Aldea del Fresno, Escorial de Abajo, Colmenar del Arroyo, Fresnedillas, Navalcarnero, Navalagamella, Perales de Milla, Robledo de Chavela, Santa María de la Alameda, Sevilla la Nueva, Valdemorillo, Villamantilla, Villanueva de la Cañada y Zarzalejo. En conjunto, estaba formado por treinta y ocho lugares habitados y veintiocho despoblados entre los que se incluyó el chapinero de las Ventillas. El sexmo llegó a tener 2.824 vecinos, lo que le convirtió en el más poblado[8] al cubrir el 17,80% del total de la población sexmera. En otro sentido, para 1480, que es cuando comienza su desmembración, se calcula que el sexmo tenía una superficie de 1307,29 km2[9], correspondiendo 1.170,68 a la provincia de Madrid. Por otra parte, y siendo el total de los sexmos de 6.607,04 km2, tendríamos que al de Casarrubios le correspondería un 19,78% del conjunto de las tierras segovianas. En la totalidad de sus pueblos poseía grandes alijares compuestos de montes, dehesas y terrenos cuyos pastos se aprovechaban en común, sobre todo el arbolado de encina, del que Chapinería es una buena muestra, y que daban lugar también a grandes cantidades de carbón que algún autor ha llegado a tasar en setenta mil arrobas [10] Que nadie piense, sin embargo, que el hecho de compartir la institución sexmera constituía un “nosotros” específico en el que todos sus componentes velaban por la buena salud económica del conjunto. De hecho, las fuentes revelan una y otra vez las discusiones, las reticencias, los disgustos e incluso los posibles delitos que unas partes achacaban a las otras. Precisamente el sexmo de Casarrubios fue uno de los más polémicos, lo que conllevó varios informes de los Síndicos e incluso medidas especiales para corregir los abusos que se cometían y que no eran, para algunos, sino conductas propias del choque de las diferentes identidades: “Ya desde el principio del pasado siglo, una buena parte de los habitantes de tal sesmo, partícipes del odio inveterado de los madrileños á los segovianos, desde las famosas contiendas sobre el Real de Manzanares, y ciegos por la ambición, en vez de la gratitud debida á su patria primordial, comenzaron a alzarse con los bienes comunes, bien así como el hijo ingrato y desalmado que despoja á sus padres del caudal adquirido á fuerza de constancia y de privaciones”[11]. Y aún de mayor envergadura parece ser el caso de Chapinería con quien se mantiene un litigio cuya acusación bien merece una referencia literal aunque sea muy amplia: “Fuera de lo que comprende sus bienes propios y dentro de los alijares de la Comunidad, han cerrado y murado de poco tiempo á esta parte…más de doscientas cincuenta cercas para pan llevar, y en algunas ponen majuelos de viña, y en otras se hallan muchas encinas, de cuyo producto se valen. Item, tienen puestas en dichos comunes más de ochocientas aranzadas de viñas, todas nuevas, continuando en dichos plantíos hasta 1727. Ejecutan también los vecinos de dicha villa el cortar en las encinas de dichos alijares, sin más licencia que su autoridad, más de ochenta recalzaduras para sus carros, que con lo demás que cortan, se podría sacar más de dos mil arrobas de carbón cada año. Así mismo se puede muy bien entresacar el monte de encinas que tiene el Alijar que hay en dicha Villa y sacar más de treinta á cuarenta mil arrobas de carbón, y mucho más contándose las encinas que hay metidas en los cercados. También labran los vecinos de la dicha villa en cada un año, en suelo y tierras comunes y alijares más de mil ochocientas fanegas de pan, que la mayor parte es centeno, sin pagar á la Ciudad y Tierra cosa alguna…También vedan y acotan los dichos vecinos para sus ganados las cañadas, prados y praderas comunes…prendando á los pastores de la Ciudad y Tierra sin derecho alguno”[12] Este tipo de Comunidades se extinguió en 1837. Sin embargo, la Real Orden de 4 de junio de 1857 originó una Junta de investigación y administración de bienes que se encargó de la división y adjudicación de los bienes entre los pueblos comuneros. Esta Junta la constituyeron el Procurador Síndico de Segovia y un representante de cada uno de los diez sexmos que formaron la Comunidad, presidiendo la misma el Alcalde segoviano. Su régimen se regularía con un reglamento especial que comenzó su vigencia el 31 de marzo de 1873 y que fue redactado por don Carlos de Lécea y García[13]. A todo el sexmo de Casarrubios le representaba el Alcalde de El Escorial. Mediante esta nueva institución el pueblo de Chapinería siguió vinculado con el sexmo de Casarrubios y con la antigua Comunidad de Tierras de Segovia, obligándose a designar representantes para las Juntas convocadas. Sírvanos de ejemplo la sesión municipal de 26 de marzo de 1910[14] en la que se da cuenta de una Circular del “Señor Alcalde de El Escorial originaria de otra del Procurador Sesmero del de Casarrubios en que se convoca a una reunión para el día 28 del actual y se interesa que cada pueblo interesado en dicho Sesmo nombre un individuo que en representación del respectivo municipio concurra a dicha reunión y perciba la cantidad que le corresponda de la entregada con tal objeto por la Comunidad de la Ciudad y Tierra de Segovia…” Se eligió para tal menester al Alcalde, quien en la sesión del 9 de abril informó que la cantidad recibida había ascendido a 387 pesetas. En el mes de agosto, se realizó otra junta en la que el cobro aumentó a 507 pesetas. Generalmente, el dinero del reparto se empleaba para gastos colectivos; por ejemplo, en 1913, sirvió para costear el toro que se lidió con motivo de las Fiestas Patronales. Realmente Chapinería continuó siendo, hasta entrados los sesenta, una comunidad que mantenía vivos sus orígenes pastoriles y agrarios. Durante más del primer cuarto del siglo pasado un 70% de los vecinos del pueblo son jornaleros y gran parte de los oficios que aparecen documentados se relacionan con el mundo del campo y los animales, aunque se aprecia, también, un tímido despunte del sector industrial. Al mismo tiempo se aprecia un aumento de migración interior que eleva el número de vecinos al contraer los foráneos matrimonio con los oriundos de Chapinería y establecer ahí su residencia. Madrid, Toledo, Segovia, Burgos y Zamora son lugares de referencia de estos nuevos chapineros cuyos linajes, aun hoy día, pueden rastrearse como los más comunes. Actualmente Chapinería vive entre la tradición y la modernidad, en un continuo entrecruzamiento del pasado y la construcción del futuro futuro[15]. Un claro ejemplo se encuentra en la, todavía viva, vinculación con la Comunidad y Tierra de Segovia y la necesidad de recrear esta unión de un modo gráfico y tangible. Así, en el escudo, se recuerda el origen segoviano incluyendo “en campo de gules, un acueducto mazonado de dos órdenes en plata, sobre diez peñascos de lo mismo” y significándolo como reflejo del “hecho de que Chapinería, como los demás lugares de sus alrededores, fueron fundados por segovianos. Al sexmo de Casarrubios, de la jurisdicción de dicha ciudad perteneció desde sus orígenes hasta que, en 1821/1833 se perfiló el territorio de la provincia de Madrid, base de nuestra actual Comunidad”. Sin embargo, es necesario realzar que este fenómeno de reconstrucción de la memoria histórica es algo recíproco. Hoy día, en la plaza de Palacio (uno de los centros neurálgicos de Chapinería), puede verse una fuente realizada con material del cauce construido en el Acueducto segoviano. Junto a ella, hay una placa que indica: “La Comunidad de la Ciudad y Tierra de Segovia reconoce a la Muy Noble Villa de Chapinería el Título de Pueblo de la Tierra de Segovia perteneciente al Sesmo de Casarrubios que le acredita como asociado y partícipe de los Bienes derechos, usos y costumbres de esta Comunidad, en la forma que determina la Concordia y Estatutos de la Institución. La Junta de Procuradores Sesmeros. Segovia 1988”. Y terminamos aquí. Evidentemente, las líneas anteriores sólo han podido ser retazos de la historia de un pueblo del sur de Madrid que hasta ahora no había aparecido por las páginas de los Anales de este Instituto. Que sirvan estas palabras para que Chapinería tenga, entre nosotros, el lugar que sin duda merece. [1] Para una descripción más detallada de estos aspectos véase el capítulo I de Mi pueblo de Jesús Ribagorda Robles e Ignacio García Ramos. Madrid 1991 [2] Crónica y guía de la provincia de Madrid, Espasa Calpe 1966, p. 475 [3] Citado por José Deleito en La mujer, la casa y la moda. Espasa Calpe, 1966, p. 180 [4] Así lo relatan Ribagorda y García en la página 25 de la obra citada. Ese Libro parece haber desaparecido de lo que los autores llaman “Archivo Municipal”, entidad de la que desconozco (para esos años) su localización. El primer autor me ha confirmado personalmente los datos expuestos en su obra y haber visto y utilizado el original del Libro. Para más información remito al texto citado. [5] He tratado algunos aspectos de la misma en “Chapinería, una identidad en piedra”. Luis Alvarez Munárriz y Fina Antón Hurtado (Eds). Identidad y pluriculturalidad en un mundo globalizado. Universidad Interncional del Mar. Murcia 2002, pp. 207-228 [6] Fecha de la obra de Carlos de Lécea y García La Comunidad y Tierra de Segovia, Segovia. Los datos corresponden a las páginas 3-7 [7] Para mayor amplitud de estos aspectos puede verse la obra de Gonzalo Martínez Díez S.I. Las Comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura Castellana. Editora Nacional. Madrid 1983 [8] El dato en Lécea y García (o.c.) p. 5 [9] Martínez Diez, o.c. p. 505 [10] Lécea y García (o.c.) p.325. [11] Ibidem. [12] Lécea y García (o.c.) pp. 326-327 [13] El autor publica el Reglamento en el Apéndice I de la obra ya referida. [14] Los datos forman parte de un trabajo de campo en el que, para el ámbito histórico y las fuentes documentales, seleccioné desde 1900 hasta 1999. El texto corresponde a los folios 9 vuelto y 10. [15] He planteado algunos aspectos de este tema en “Del pasado al futuro en un pueblo de Madrid (antropología y cambio social). En: Estructura y cambio social. Libro homenaje a Salustiano del Campo.CIS, Madrid 2001. Pp. 1053-1065